Yo tengo que decir que, en la blogosfera, uno de los momentos más divertidos del año es el de la publicación de la nueva Guía Michelín. En un mundo tan pequeño cómo el de la gastronomía, la Michelín ocupa el lugar del fútbol o de la política en otros sectores: todo el mundo puede opinar, y siempre hay quien gana o quien pierde, quien se indigna, enfada o felicita, o lo ve como un combate, desafío nacional o algo así. Y, como en el fútbol, toda esa indignación o alegría manifiesta no va a repercutir para nada en nuestra vida cotidiana. Todo lo más, en los bolsillos de los cocineros afortunados y en los editores de los libracos.
Llegué a las guías después de descubrir, casi al mismo tiempo, la gastronomía y la blogosfera, así que las miro con la distancia de lo que nunca me proporcionó grandes descubrimientos hoteleiros que no había sabido antes a través de la Red. Y fue gracias a la contestación que tienen en la blogosfera que me comencé a interesar por estos productos editoriales, ya que tiendo por defecto a sospechar de los consensos colectivos -los consensos a favor y y en contra, y en la blogosfera hay un gran consenso en contra. Me gustaron las guías esas. Sobre todo, me parecen prácticas y hechas con una tecnología interesante: no necesitas ni red eléctrica ni Internet para acceder al contenido básico
. El otro dato fundamental -y supongo que son la clave de su éxito-, es que nunca me han fallado en los restaurantes que comentan, y me han guiado en inexplorados territorios peninsulares.
Hay quien pretende ver a las Guías como termómetros de la cocina o algo así. Es darle relevancia en exceso a una selección que es tan personal cómo cualquier otra, en su esencia. Son productos diseñados para personas que no se quieren complicar la vida pero vivirla bien. Y llevan cumpliendo esa función décadas. A lo mejor son cómo Miss España: uno siempre sabe que será morena, alta, de ojos grandes, cara redonda y estéticamente aceptable para cualquier suegra de mediana edad. No les pidas excentricidades. Detrás, en el jurado, en algún lugar de la costa levantina, hay muchos señorones de sesuda corbata que intentan otorgarle seriedad excesiva a algo que no lo tiene. Con las guías gastronómicas pasa lo mismo. En la Campsa, o en la Michelín, son gente de paso lento, poco riesgo, y alguna excentricidad.
Si uno las mira en corto (caso de Galicia), las dudas que pueda haber se aclaran. En general, los lugares de comer que proponen estas guías son excelentes restaurantes, aunque hay excepciones. Por supuesto, se me ocurrirían muchos más que yo coloco al lado de los reseñados, o por encima: bien por gusto personal, bien por conocimiento extremo del campo y porque yo busco restaurantes desde una óptica local, en la que a veces las pequeñas variaciones son muy importantes y otorgan la identidad a un lugar. En largo, es decir, de escapada por España, tengo disfrutado de buenas recomendaciones dadas por la Michelín, por la Campsa o por la Gourmetour, y seguro que pasé delante de restaurantes fantásticos que esas viles guías despreciaron. Otras veces, la blogosfera me ha ofrecido resultados mediocres. Recuerdo el consensuadísimo El Bohío, que no me pareció para tanto, o un par de nefastas experiencias en Italia este verano, que venían de blogueros españoles de fama, que puedo contraponer a los excelentes consejos en el país latino de la guía de El País Aguilar. Así que de todo hay en esta viña.
Dirán: le escapo a las consecuencias económicas y a la fama internacional de la cocina. Qué va!. Creo que en Galicia salimos bastante bien parados. En España las cosas no fueron demasiado bien, pero a lo mejor los de la Michelín tengan razón cuando afirman que muchas grandes cocinas del Estado son irregulares (cosa que yo he constatado) y a lo mejor hay que viajar un poco más, ver más mundo y poner en su sitio las cosas. Disculpen mi poca implicación con la defensa de la Causa. Tengo una mirada desde la niebla periférica.
No quiero rematar este largo post sin recordar lo que me dijo hoy un afamado cocinero gallego que está en la Guía Michelín, pero en la categoría mención de honor, o sea, en la lista de Bib-Gourmands .
-Uf. Menos mal que no me la dieron.
Lo decía muy en serio, suspirando. El pobre ayer estaba asustado con que le habían cambiado la vida, y que la condenada estrella le obligara a adoptar maneras, servicios y deberes que lo distanciaran de su intimista sala de cinco mesas y su personal cocina que es todo un hilo de versos a los hogares familiares y a la creación individual. Me encantó esa disposición, ni rebelde ni ansiosa. La señal de que afortunadamente, aun hay espacio para trazar los itinerarios personales de gastronomía, de vida, en este mundo que las descalifica pero espera con ansia cada nueva edición.















Manuel Gago é xornalista e profesor universitario. 






